viernes, 19 de noviembre de 2010

Apología de Sócrates en el Día Mundial de la Filosofía



Por Francisco Iracheta Fernández   
Puebla, jueves 18 noviembre 2010 - 22:45 hrs
"Hombres de Atenas: yo los respeto y los amo;
pero obedeceré a dios antes que a ustedes,
y mientras viva y respire,
nunca dejaré de hacer filosofía,
no incluso si por ello tuviera que morir una y otra vez."
Sócrates.
--Platón, Apología.


En el año 2005 la Conferencia General de la UNESCO instituyó el Día Mundial de la Filosofía a celebrarse cada tercer jueves del mes de noviembre, día que coincide con el natalicio aproximado del filósofo griego Sócrates (470-399 a.C).
Casi ningún filósofo, si es que hubiese alguno, se atrevería a poner en cuestión la tesis del filósofo alemán Karl Jaspers según la cual la imagen de Sócrates resulta absolutamenteindispensable para el pensamiento filosófico occidental. Es decir, ningún pensamiento filosófico es posible a menos de que Sócrates esté presente, aun cuando lo esté como una "pálida sombra", en el decir de Jaspers. La razón por la que es difícil oponerse a esta tesis es bastante sencilla: Sócrates es el padre de la filosofía occidental. De manera que si existe un Día Mundial de la Filosofía, entonces tal día debe ser destinado a conmemorar lo que Sócrates mismo representa. El tercer jueves de cada noviembre es el día más indicado para hacer una apología teorética, con implicaciones prácticas duraderas, de aquello mismo de lo que, en conformidad con los jueces atenienses, Sócrates es culpable: corrupción y desobediencia.
En el Diálogo de la Apología, Platón describe el proceso por el que Sócrates, en el año 399 a.C, fue condenado a muerte por un tribunal que lo acusaba de impío –pues Sócrates, además de no reconocer a los dioses en los que creían firmemente los atenienses, pretendía introducir nuevas deidades– y de ser un corruptor de la juventud. Sabemos bien, por este mismo Diálogo y por otros testimonios más, que Sócrates se habría salvado de la imposición de la pena de muerte si hubiese suplicado ser absuelto. Pero eso significaba, para el hombre Sócrates, renunciar a su imagen de rectitud ética que ejemplificó durante toda su vida. Por ello es que antes que poner en entredicho su propia coherencia existencial, su íntegra identidad, Sócrates prefirió morir.
Que Sócrates haya sido acusado de impío por los tribunales atenienses resulta bastante sorprendente si estamos convencidos de que hay todavía demasiada revelación de la singular identidad socrática en el Diálogo platónico del Eutifrón (dedicado a la examinación de lo que es la piedad). En este Diálogo, Sócrates dice a Eutifrón que si como su discípulo aprende bien la lección de lo que es la piedad, entonces podrá hacer frente a la acusación que le hace el tribunal ateniense – y Mileto en particular– de impío. Después de todo, Eutifrón está perfectamente convencido de que sabe con exactitud la diferencia entre un acto pío y uno impío. Pero Sócrates saca a relucir la ignorancia de Eutifrón en cuestiones de piedad, por lo que al final resulta claro que Sócrates no podría ser imparcialmente juzgado de impío sin juzgar al mismo tiempo a muchos otros atenienses por la misma razón.

Pero en lo que a la corrupción respecta, la acusación es menos sorprendente porque es más certera. Sócrates era, en verdad, un hereje. No quiero decir con esto, desde luego, que Sócrates merecía por esa razón ser condenado a ingerir la cicuta. Pero si Sócrates era peligroso para la ciudad no lo era por impío, sino porque de hecho provocaba en los jóvenes atenienses, con su forma de vida imbatiblemente inquisitoria, un efecto de seducción que los llevaba a alterar y trastrocar las costumbres que los regían. Sócrates en efecto corrompía a la juventud ateniense porque con su habilidad dialéctica y su afán de despertar la vocación filosófica en cualquiera que lo escuchara echaba a perder la educación que los jóvenes habitualmente recibían, una educación basada en la tradición y en la obediencia ciega a la autoridad. Corromper significa estragar, dañar, y esto es justo lo que hacía Sócrates: estragar con su irónica sabiduría las instituciones poco justas de la sociedad ateniense, socavar la idea rectora del común ciudadano ateniense de que la capacidad de pensar por uno mismo tenía, por mucho, menor valor que el poder, el estatus, la popularidad y la clase social. La verdad incomoda e irrita, todos lo sabemos. ¿Cómo entonces podría ser que Sócrates no encolerizara a sus jueces aristócratas, precisamente el tipo de personas herederas de lo que Sócrates mismo intenta socavar y corromper, cuando asesta en pleno juicio y refiriéndose a la clase de hombres políticos que lo acusan que su sabiduría le indica que "los de mayor reputación están carentes de lo más importante mientras que otros que parecen inferiores están mejor dotados para el mejor juicio"?
La idea de que la muerte de Sócrates representa una colisión entre una sabiduría negativa –entendiendo por esto una sabiduría consistente en refutar sistemáticamente las opiniones de los demás pasadas por verdades en lo que concierne al conocimiento y práctica de la virtud–, indispensable para alcanzar la excelencia, y la moralidad o legalidad respaldada por cualquier tipo de autoridad, es ya para cualquier persona culta de hoy en día un lugar común. La muerte de Sócrates manifiesta un acontecimiento extraordinario, pues significa que la vida entregada a la actividad filosófica, a la búsqueda de la virtud y de la verdad, es incompatible con la vida entregada a la búsqueda de poder y de cualquier tipo de mundana autoridad. No debemos sin embargo confundir las cosas. Lo extraordinario del asunto no consiste en el hecho de que la filosofía no convierte a nadie en popular y en tirano de voluntades individuales. Esto es un hecho feliz para el filósofo que nada tiene, para él, de extraordinario. Lo extraordinario de la muerte de Sócrates, en todo caso, es que simboliza el hecho trágico de que la práctica y promoción de la virtud es lo menos que puede esperarse en los tipos de vida entregados a la búsqueda de poder político por pueriles inclinaciones de vanidad.

No obstante, no hay nada trágico en la distancia que Sócrates se empeñó en fijar con su peculiar y auténtica forma de vida entre su propia individualidad ética y el mundo de las costumbres y de las leyes públicas. Sócrates no divide en su persona al hombre ético y al hombre ciudadano, sino que sintetiza con su ejemplo vital la personalidad ética y ciudadana en una misma identidad. La muerte de Sócrates es resultado de una vida formada como ciudadano disidente, que reclama justicia y respeto por la dignidad de todas las personas, justo una concepción de ciudadanía que corre en sentido opuesto a una deformaciónciudadana complaciente, pasiva, irreflexiva y conformista.

Conmemorar el natalicio de Sócrates nos brinda una buena razón para hacer de un día del año, el tercer jueves de cada noviembre, el Día Mundial de la Filosofía. Pero si lo que comenzamos a conmemorar no es el nacimiento de Sócrates sino su muerte, y más todavía, si comenzamos a vivir en nosotros mismos y en nuestra relación con los Otros seres humanos la muerte de Sócrates con la misma intensidad con la que muchas personas cristianas viven la pasión de Jesucristo, entonces el festejo por el Día Mundial de la Filosofía será convertido en una larga fiesta de amistad cívica que nos durará toda la vida.

Profesor-Investigador, ITESM-Campus Puebla

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