Preparado por el Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia
“El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano. Si se ama el amor humano nace también la viva necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello” (Juan Pablo II).
1. El amor, ¿vive en el mundo real o el de los sueños?
2. ¿Por qué el amor nos atrae tanto?
“Hoy la tierra y los cielos me sonríen / hoy llega al fondo de mi alma el sol. / Hoy la he visto..., / la he visto y me ha mirado... / ¡Hoy creo en Dios!” Así decía un poeta español, queriendo describir sus sensaciones de enamorado. También a él, como a todos, el amor le cambiaba la vida, le llenaba de un entusiasmo inesperado e incontenible, hasta parecerle sobrenatural, incluso divino. Esta es la fuerza del amor: eleva al que ama más allá de sus expectativas, le abre nuevos horizontes e infinitas posibilidades. Es tan grande la alegría que da el amor, que quien lo experimenta corre un peligro: creer que ha llegado ya a la meta. El enamorado queda tan sorprendido de la luz que ha inundado su vida que no hace otra cosa que contemplarla. Al igual que le sucede a un caminante que, tras haber avanzado por senderos oscuros, se encuentra ante una llanura maravillosa e interminable y, en vez de atravesarla, se parase a contemplar la nueva visión. Cuando un enamorado se comporta así, su amor acaba por agotarse, pronto cansa o aburre. El amor nos fascina porque contiene una promesa de belleza, algo tan grande que deseamos poseerlo inmediatamente, en un instante. Pero esto no es posible. El amor nos invita a caminar a lo largo de su sendero, un sendero nuevo que podemos construir solo paso a paso. Si no aceptamos la invitación que nos hace el amor, si nos olvidamos que es una promesa de belleza y no una cosa ya hecha, rápidamente acabará por desilusionarnos. “La felicidad no se compra. Se construye” decía el eslogan de otra campaña publicitaria. Lo mismo pasa con el amor.
3. ¿El amor es siempre igual, siempre verdadero, o hay también amores falsos?
El amor contiene una promesa de felicidad: para vivirlo es preciso aceptar con confianza la promesa que nos hace. Quien confía solo en las propias seguridades porque no quiere cometer errores, ese no cree en el amor, jamás podrá amar. El amor es algo que no nos pertenece, que no depende de nosotros. Es necesario confiarse al amor, abrirse a él, dejarse conducir por él. No importa que hayamos tenido malas experiencias. El amor no es el sentimiento débil y fugaz que algunos nos describen. El amor es más bien la fuerza que nos acompaña desde el inicio de nuestra vida; que existía antes de que viniésemos al mundo, en el abrazo de nuestros padres; que ha sostenido nuestros primeros pasos. Y entonces decimos: Sí, es posible creer en el amor, porque el amor ha venido a mí primero. Dale crédito al amor: el amor ya te ha dado crédito a ti. De este modo la apertura al amor no es un salto en el vacío. Todo amor tiene siempre una meta. Si no la tiene, entonces gira en redondo y se pierde en instantes fugaces, incapaz de seguir un sendero que conduzca hacia el horizonte lejano. Cuando no tiene meta, el amor deja de ser amor. ¿Cuál es nuestra ruta y nuestra brújula para creer en el amor? ¿Cómo distinguir el amor verdadero del falso? Pregúntate si tu amor tiene meta o si das vueltas en círculo. Pregúntate si tu amor construye algo o si es un amor-burbuja, en que dos amantes se limitan a mirarse embelesados el uno al otro... Pregúntate si tu amor te hace crecer y madurar... si te promete y abre un camino. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1Jn 4,16), dice la Biblia. Conocer a Jesús y tener fe en Él, es creer en su amor, porque su amor te ha encontrado ya a ti. Es experimentar su fuerza y saber que, con este amor, se puede llegar al final.
4. ¿Existen distintos tipos de amores?
La música es una sola y, sin embargo, hay muchas formas distintas de tocarla. Del mismo modo, también hay formas distintas de amar. La música, por ejemplo, puede cantarse en coro. Nuestra voz se une con otras voces. Así es más fácil seguir la melodía y no perder el tono. Cuando cantamos en coro nos une un mismo ritmo, nos contagiamos la pasión por la misma música, nos atrae un mismo misterio. Pues bien, cantar en coro se parece a un tipo de amor, la amistad. Cada amor se distingue por los bienes que se comparten en él: a los amigos les une un ideal común, una visión común, una obra común. Por eso los amigos quieren lo mismo y rechazan lo mismo, hasta verse a sí mismos en el otro, igual que quienes cantan a coro están unidos en una misma pasión y en una melodía común. Hay otro tipo de música: un dúo de instrumentos que dialogan entre sí, cada uno poniendo una parte de la pieza, de forma que entre los dos se haga armónica y bella. Se parece esto al amor esponsal, entre hombre y mujer. Aquí también están los dos unidos por un mismo amor a la música, pero ahora cada uno desempeña un papel distinto, y los dos se complementan, se inspiran, sacan lo mejor del otro en su diferencia. Sin el otro no podrían tocar la partitura, que quedaría incompleta, llena de silencios, rota. ¿Qué bienes comparte este amor? Se trata de la unión en la intimidad, es más, de la formación de una intimidad común, que se abre a la transmisión de la vida. Por eso este amor es exclusivo de la pareja: abrirlo a un tercero es infidelidad.
Por último, podemos pensar en otro tipo de música, la de una orquesta. Un único director reparte a cada músico su papel y su entrada, convierte el sonido de todos en un único movimiento de ritmo y armonía. Esta música se parece a otro tipo de amor, el amor filial, que cada hombre y cada mujer recibe de sus padres y, en último término, de Dios Creador. Este es el amor primero, de donde bebe el amor de los amigos y los esposos, la fuente de todos los tipos de música.
5. El amor, ¿es algo que se encuentra, o hay que aprenderlo?
Cuando se encuentra el amor, nos parece que ya hemos alcanzado la felicidad plena. Todo nos parece hermosísimo, perfecto; corremos el riesgo de hacer como el caminante: pararnos a mirar el horizonte que se ha abierto ante nosotros. Sin embargo, como ya hemos dicho, no basta contemplar nuestro amor para vivirlo en su verdad; al igual que no basta amar la música para saber tocarla. Es necesario el tiempo, el estudio y mucha práctica para llegar a ser verdaderos músicos. Como la música, el amor es un arte que no se aprende ni cultiva en solitario, sino junto a la persona amada. Y hay que contar también con la ayuda de un maestro al que nos abrimos, dejando que sus palabras resuenen en nosotros y nos introduzcan en el arte de amar.
¿Quién es este amigo, experto en el arte de amar, que nos ofrece su amistad y su sabiduría? Lo dice así un escritor cristiano: “Muchos han tratado de entender el amor. Pero ninguno lo ha conseguido como los discípulos de Cristo. Porque tienen como Maestro a la misma Caridad”. Cristo es el Maestro del que tenemos necesidad para aprender a amar: Él nos ha amado primero y nos amará hasta el fin de nuestros días, sin reservarse nada. En su escuela cada uno aprenderá, no solo la fascinación de la música, sino el arte de tocarla, de componer nuevas melodías.
6. ¿El amor es algo espiritual o se vive y expresa gracias a nuestro cuerpo?
Nuestro cuerpo no es un objeto más. Se parece, es verdad, al resto de las cosas (tiene un peso, un tamaño, un color...). A veces otros lo tratan así: pasan a nuestro lado sin saludar o nos miran con ojos posesivos o nos tratan con violencia. Pero nos sentimos mal cuando esto ocurre. Y es que el cuerpo no está solo fuera de nosotros, no es solo lo que observo por fuera, sino también lo que siento por dentro, mi propia intimidad. Con el cuerpo hacemos cosas, pero en el cuerpo forjamos también nuestras inclinaciones, nuestros gustos y preferencias. El cuerpo no es solo una cosa que tengamos, sino algo que somos: las sensaciones que experimentamos, los deseos que nos mueven. De esta forma el cuerpo me habla. Es como si tuviese un lenguaje. ¡Y qué importante es saber descifrarlo! Quien no lo entiende no se entiende a sí mismo. El lenguaje del cuerpo me dice, en primer lugar: no eres un ser aislado. Por el cuerpo nuestra vida se manifiesta a otros, los acontecimientos nos afectan por dentro, participamos en el mundo que nos rodea. Gracias al cuerpo entendemos, también, que no nos hemos dado la vida a nosotros mismos. Nuestro cuerpo se formó, admirablemente, en el seno materno. Por eso el cuerpo te invita a mirar a tu origen: ¿de dónde vengo? Y el cuerpo responde con palabras de la Biblia: “tus manos me formaron en las entrañas maternas...” (Job 10,8; Jer 1,5). Es verdad que a veces no nos gusta nuestro cuerpo. ¿Y si fuera más alto, más fuerte, más atractivo? La respuesta suena: entonces no serías tú; y la gente que te ama de verdad te ama por lo que eres y como eres. Lo que importa no es tener un cuerpo perfecto, sino saber que tu cuerpo es bueno y aceptarlo como un regalo, incluyendo sus límites. Solo entonces aprenderás a entender el lenguaje del cuerpo, y sabrás también expresarte con él.
Autor: IJPII | Fuente: Humanitas
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