Los padres, en el seno de la familia, han de poner límites a sus hijos aunque deban tolerar las “caras largas” y los “enojos”... A los hijos se les muestra el cariño también diciéndoles que no.
El religioso asegura que cada uno de los estamentos de la sociedad tiene un compromiso por cumplir con los adolescentes y jóvenes.
Respecto de esta problemática que sufren los jóvenes en la actualidad, el obispo auxiliar de la Diócesis de Santiago del Estero, monseñor Ariel Torrado Mosconi, le entregó a EL LIBERAL, su visión de esta realidad.
Lamentablemente son muchos los jóvenes sin esperanza, sin una adecuada contención familiar, sin verdaderos amigos, sin formación en la fe, sin la posibilidad de estudiar ni de trabajar. Muchos quedan al margen de la sociedad y a veces son tratados como sobrante.
Frecuentemente quieren escapar a su situación a través de la alienación de las adicciones o de excesos nocivos de todo tipo y, lamentablemente, a veces llegando al extremo del suicidio.
Esta agresión a sí mismos puede revestir diversas formas que van desde el poner en riesgo sus vidas en ‘juegos’ en la moto, pasa por la anorexia y la bulimia, por el alcoholismo y las drogas, y en algunos casos, suele terminar en el drama del suicidio.
Muchos participan de una lógica de la vida como si fuera un espectáculo. Consideran el cuerpo como único punto de referencia de su realidad. Tienen una nueva adicción por las sensaciones y buscan incesantemente el vértigo que les produce adrenalina.
Un cuidado especial necesitan los adolescentes. Ellos ya no son niños y aún no son jóvenes. Están en la edad de la búsqueda de su propia identidad, de independencia frente a sus padres, de descubrimiento del grupo. En esta etapa son más vulnerables y pueden ser víctimas de falsos líderes y pagar altos costos para tener un grupo de pertenencia.
El futuro para ellos suele presentarse peligrosamente incierto. Muchos prefieren refugiarse en vivir el día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios.
Las relaciones humanas son como objetos de consumo. Suelen reducir el amor a tener ‘química’.
Por la crisis que atraviesa la familia hoy en día, muchos sufren profundas carencias afectivas, conflictos emocionales y crecen sin ninguna referencia a los valores.
La crisis que lleva al suicidio muchas veces tiene una causa espiritual. El vacío existencial de la falta de experiencia personal del amor gratuito de Dios y de la familia.
¿Qué hacer?
Los padres, en el seno de la familia, han de poner límites a sus hijos aunque deban tolerar las ‘caras largas’ y los ‘enojos’ de sus hijos adolescentes ante el frecuente reclamo de ‘¿por qué no me dejas?..., si todos lo hacen’. A los hijos se les muestra el cariño también diciéndoles que no a algunos de sus requerimientos.
La familia debe aprender, por ejemplo, que es preferible decirle que no a comprarles una moto, a tener que llorar las consecuencias de tantos accidentes y muertes absurdas.
Que Dios esté presente en los hogares a través de la oración cotidiana en familia, la valoración de las realidades espirituales y la paz en el hogar.
El colegio ha de cumplir con sus funciones de enseñar y de exigir preparándolos para un mundo difícil y cambiante como el que vivimos. Debe encontrar nuevas formas y estrategias pedagógicas para despertar el interés de los jóvenes. También debe conseguir la forma de contener y conservar a los jóvenes que van más despacio en el aprendizaje para que no queden fuera del sistema a través de tutorías y acompañamiento personal.
El Estado debería cuidar a los jóvenes restringiendo los horarios de diversión nocturna, vigilando y no permitiendo el expendio de alcohol a los menores, y tantas otras medidas, que aunque tengan un gran costo político y económico, sabemos que son lo mejor para los chicos más desprotegidos y vulnerables.
La Iglesia debe presentar con claridad la belleza de la Persona y el Mensaje de Jesucristo; y todos los que tenemos alguna responsabilidad en la formación debemos proponer cada vez más los valores espirituales y trascendentes.
También debemos incentivar la sana diversión del deporte, la música, el contacto con la belleza de la naturaleza, el encuentro en la amistad, la alegría del servicio y del trabajo solidario.
Los jóvenes necesitan comprometerse en cosas grandes, que merecen esfuerzo, desprendimiento, generosidad. Sólo así la vida cobra sentido, cuando se descubre que la vida es para gastarla en el servicio, la entrega y el amor por los demás. Tan viejo y tan nuevo como el Evangelio.
Publicado el 29/10/2011

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