Desde lo alto de la peña que se puede apreciar levemente en la fotografía a la izquierda, he obtenido el regalo de una fórmula racional que explica de modo convincente para todo el mundo pensante por qué somos capaces los humanos de ponernos en cualquier momento del lado de los equivocados.
Desde la fe en Cristo no vi dificultad desde que lo vi plasmado en la vida y escritos de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Él estaba dispuesto a dar la vida, con la gracia de Dios, por los equivocados en cuanto viera que se les maltrataba. En estos días hemos visto al papa Benedicto XVI, avanzando sobre las huellas de Juan Pablo II, reunido en Asís, en diálogo amistoso con representantes de otras religiones, incluidos agnósticos y ateos. Un fenómeno nuevo, por decirlo de algún modo, a nivel mundial y jerárquicamente superior. Requiere lo que suele llamarse "amplitud de espíritu" o "mente amplia". En todo caso la idea de amplitud está presente. El hallazgo ha sido un texto de Jean Guitton, que lleva la cuestión a un extremo:
"Hay una paradoja en la amplitud del espíritu: ¿cómo pedirle a un espíritu que simpatice con una doctrina que reprueba, con un alma que le es extraña, odiosa a veces? ¿Cómo creer, incluso por un instante y provisionalmente, lo contrario de lo que se cree? [como para meterse en la mente del otro y comprenderle] Quizás la solución se encuentre al reflexionar sobre las relaciones entre verdad y el error. [...] En cada error hay una verdad prisionera, y esto explica que se pueda amar el error, vivir y, en ciertos casos, morir por él."
Lo que atrae al equivocado es la porción de verdad que acompaña al error. Dicho con más precisión, no se trata de amar el error. En cuanto el error se conoce como tal es odioso. Pero no lo es el equivocado, que se encuentra subyugado quizá sin saberlo por la verdad parcial que el error encierra y esto es respetable. Jamás el equivocado debe ser odiado, al contrario. En este punto entra la palabra de Dios que nos manda, porque lo da a quien está dispuesto a ello, amar al enemigo. También racionalmente es comprensible, aunque la verdad es que resulta muy difícil sin la luces de la fe cristiana.
Arvo.net, 29.10.2011

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