
Taras Kraychuk, de perroflauta a
monje. Dos tipos como él, vagabundos de fiesta en fiesta, se subieron unos
asientos más atrás. Empezaron a hablar... «Mi vida dio la vuelta». por Ángeles
Conde
El Padre Taras Kraychuk antes de
fraile fue traficante. Motero por las carreteras de California y Canadá se
dedicó durante años a vender drogas. También las consumía, acompañadas de
abundante alcohol. Hasta que Cristo le habló en un autobús. Años de dependencia
de las drogas y el alcohol, asistir a fiestas y una vida desordenada le
llevaron sólo al vacío vital. Después, el Padre Taras (Terry) Kraychuk pasó del
tráfico de estupefacientes a la vida consagrada y sacerdotal como católico de
rito bizantino.
Infancia creyente
“A los 15 años comencé a moverme
en el mundo de las drogas”, confesó recientemente en un encuentro con 2.000
personas en el que explicó su testimonio. Durante su infancia Terry vivió la fe
que le transmitió su familia, ucranianos católicos de rito bizantino. Rezaban e
iban a juntos a la Divina Liturgia. “Crecí en la fe pero me acabé alejando de
esas raíces”, recuerda el religioso. Siendo adolescente, “quería vivir
experiencias emocionantes relacionadas con las drogas, las fiestas y todo lo
que rodea a ese mundo”. Fue expulsado del Instituto y decidió entonces
embarcarse en un viaje como motero por Estados Unidos y Canadá, un periplo
concebido para encontrar la felicidad y el sentido de la vida.
El Dios del
criminal
El joven Kraychuk nunca dejó de
creer en Dios pero acomodándolo a su vida de delincuente. Leía la Biblia y
solicitaba a Dios su protección pero sólo para no ser cazado por la policía. Se
instaló cómodamente en California donde se sentía “más libre que nunca”. “Vivía
en un lugar donde todas mis necesidades estaban satisfechas, vendiendo drogas y
ganando dinero”, confesó Kraychuk. Hasta que un día lluvioso, mirando por la
ventana, de forma súbita, le invadieron pensamientos suicidas. El castillo de
naipes que había hecho de su vida parecía por fin desmoronarse: “sentí que no
había nada por lo que vivir, quería desaparecer. Todo era absurdo. Nada tenía
sentido”. Y entonces sucedió algo especial. Oyó una voz que le ordenaba coger
la Biblia y leerla. Como 15 siglos antes había sucedido con San Agustín, que
había oído una voz infantil decir "toma y lee". Y Kraychuk hizo como
Agustín. Abrió la Biblia al azar. Lo que San Agustín encontró era potente:
"Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos...
Revestíos más bien del Señor Jesucristo" (Romanos 13, 13-14). Y lo que
encontró Kraychuk era aún más contundente: "No erréis; ni los fornicarios,
ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con
varones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los
estafadores, herederán el reino de Dios." (1 Corintios 6,9).
El motero repasó toda la
lista. Ahí estaba él. Leyó además que sólo encontraría la salvación repitiendo
y siguiendo los pasos de Jesucristo. Sin embargo, en esta ocasión aún no dio el
paso de cambiar de vida. "Yo no quiero convertirme en un friki de
Jesús", se dijo. No quería tener que ver con cosas religiosas.
La voz que no
cesaba
Pasó más de un año desde ese
momento. Volviendo la vista atrás, el Padre Taras Kraychuk afirma que el
Espíritu permaneció con él y “fue como si Dios me enviara un ángel, un espíritu
que me hablaba” y que cada vez que traficaba, esa voz le hacía recordar que
esos actos estaban en contra de la ley de Dios. En medio de esa disyuntiva
entre seguir traficando y reconocer cada vez con más claridad que ese no era un
buen camino, decidió volver a Canadá huyendo de California y de lo que el pensó
que era una depresión. Estaba ya tan sumido en las drogas que incluso sus
“colegas” del mundillo le advirtieron de que acabaría matándose. Fue en el
segundo día de autobús en camino hacia Canadá, en la ruta entre Utah e Idaho,
cuando escuchó una conversación que cambiaría su existencia. Dos moteros, como
lo era él, subieron al autobús y se sentaron cerca. Empezaron a hablar y reír
enumerando sus “hazañas” en sus fiestas, consumiendo drogas...y, de pronto,
cambiaron de tema, y comenzaron a hablar de Dios y de las Escrituras. Kraychuk
se vio reflejado en ellos como en un espejo. “Era el mismo Cristo el que me
decía. ´Terry, hay dos caminos delante de ti. Sabes por cual estás yendo ahora
y adonde conduce. Yo te ofrezco mi camino. Debes elegir´”. El aún traficante
respondió: “intentaré seguirte”. Y comenzó por tirar al retrete del autobús las
drogas que llevaba encima . En su asiento hizo la promesa a Cristo de no volver
a beber más e inmediatamente experimentó una indescriptible alegría: se había
dado cuenta de que Cristo le amaba en toda su miseria. En ese trayecto, al
contemplar por la ventana el paisaje, comprendió que Dios le había dado unos
ojos nuevos para ver la Creación. La vida de Terry Kraychuk había cambiado para
siempre. Tras un tiempo viviendo en una misión con nativos amerindios en el
norte de Canadá, escuchó la llamada al sacerdocio y la vida monástica en la
Iglesia Católica Ucraniana, en comunión con Roma. Fue ordenado sacerdote el año
2000. Actualmente desempeña su ministerio en Derwent, Alberta, en Canadá.
Actualizado 14 julio 2012.
Fuente: Religión en Libertad.
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