Corrientes (AICA)(15/11/12):
El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, destacó que el papa Benedicto XVI haya convocado a intensificar la evangelización durante el Año de la Fe y consideró en este sentido que “los creyentes necesitan renovar su fe en Cristo y en la Iglesia para no contaminarse con la incredulidad que rige, con abrumador poder, la organización política y social de la sociedad contemporánea”.
Tras advertir que esta situación “se evidencia en la fundamentación de algunas leyes recientemente sancionadas” en el país, dijo que hay “manifestaciones de personajes, intelectualmente obnubilados por el odio y el prejuicio anticlerical, que constituyen la exposición de esa enfermedad del alma”.
“El Papa ha intuido proféticamente la urgencia de predicar la fe para renovarla en quienes la poseen y encenderla en quienes carecen de ella. De todos modos, como aconteció desde los orígenes, la fe en Cristo encuentra grandes obstáculos, también en algunos que confiesan formalmente haberla adoptado como estilo de vida. Los escándalos de los cristianos, algunos de los cuales han recibido cierta responsabilidad dirigencial, constituyen el resultado de una lamentable desconexión de Quien es la causa de la heroicidad virtuosa de los santos”, subrayó en su sugerencia para la homilía del próximo domingo.
Texto completo de la sugerencia
Los signos y su recta interpretación.
La hora en que acontezca lo anunciado por Cristo sólo es conocida por el Padre. Se producen, con vertiginosa rapidez, los signos de los acontecimientos por venir. El mundo propicia una cultura de la indiferencia ante los pronósticos más respetables. Es verdad que a veces se prestan a la fabulación y corren el riesgo del descrédito y de la burla. Cuando se trata de los evangélicos es preciso agudizar la atención y tomarlos en serio. En la actualidad existen signos pasibles de interpretaciones sombrías. La sensatez orienta a lo seguro. La palabra de Jesús dispone de un recurso interpretativo de inigualable valor: el Magisterio de la Iglesia, inspirado y sostenido por el Espíritu de Pentecostés. Es éste un lenguaje que exclusivamente comprende quien tiene fe. No aparece entre las expresiones culturales corrientes. El Papa Benedicto XVI responde a esa ausencia con la decisión de intensificar la evangelización durante el presente Año de la Fe. Los creyentes necesitan renovar su fe en Cristo y en la Iglesia para no contaminarse con la incredulidad que rige, con abrumador poder, la organización política y social de la sociedad contemporánea. Se evidencia en la fundamentación de algunas leyes recientemente sancionadas.
La realidad únicamente perceptible por la fe.
La vuelta del Hijo del hombre “con poder” es perceptible por la fe. El auténtico creyente está convencido de que esa realidad trasciende la superficie percibida por los sentidos. El Beato Cardenal Newmann designa lo que no se ve con un término preciso: “realidad consistente”. Desde la superficie no se percibe más que la superficie. La fe, y únicamente ella, conecta a las personas con Dios en el Misterio de Cristo - Hijo del hombre - resucitado. Es una conexión real, que permite recibir la gracia divina. No hay remedio que cure el alma, a no ser la gracia de Cristo. Las manifestaciones de personajes, intelectualmente obnubilados por el odio y el prejuicio anticlerical, constituyen la exposición de esa enfermedad del alma. La causa de ese mal consiste en el rechazo de la gracia de Cristo, por presumir ineptitud moral en los instrumentos humanos que la dispensan. Es una enfermedad que conduce a la muerte. Es preciso rezar continuamente por quienes no conocen a Cristo y, por ello, reiteran su sangrienta crucifixión en sus seguidores y representantes; está ocurriendo en todo el mundo, con las diversas maneras y formas de la persecución religiosa. La oración de la Iglesia creyente es poderosa, conmueve los corazones más endurecidos, aunque se encuentren distantes de las genuinas fuentes de la fe.
Los signos visibles de la presencia del Señor.
Jesús está presente causando la salud en quienes adoptan el gesto humilde de reconocerlo como “Camino, Verdad y Vida”. Ese gesto es fruto del poder del Evangelio escuchado con docilidad (Carta a los Romanos). La Iglesia - que componemos todos los bautizados - pone los signos visibles de la presencia de su Señor resucitado. Lo consigue a través de la predicación apostólica, de la celebración de los sacramentos y, particularmente, del testimonio de los Santos. Ayer la Iglesia ha beatificado a Sor María Crescencia Pérez, una joven religiosa argentina. Su vida es una prueba simple e innegable de la eficacia sobrenatural de la gracia que el Espíritu infunde en quienes creen de verdad. Jesucristo anunciado por la palabra apostólica y celebrado por los sacramentos, desde el bautismo a la Eucaristía, se pone así en contacto con los hombres y asume su historia para hacerla propia. La fe es indispensable para que se concrete esa relación con el Señor resucitado. El Papa ha intuido proféticamente la urgencia de predicar la fe para renovarla en quienes la poseen y encenderla en quienes carecen de ella. De todos modos, como aconteció desde los orígenes, la fe en Cristo encuentra grandes obstáculos, también en algunos que confiesan formalmente haberla adoptado como estilo de vida. Los escándalos de los cristianos, algunos de los cuales han recibido cierta responsabilidad dirigencial, constituyen el resultado de una lamentable desconexión de Quien es la causa de la heroicidad virtuosa de los santos. La lucha entre la gracia y el pecado sigue entablada, hasta el fin de los tiempos, y no concluirá mientras la victoria de Cristo sobre el pecado no haya sido propuesta a todos como opción de vida. Es preciso tener siempre presente el mandato misionero de Jesús, antes de su Ascensión al cielo.
“El poder de la Muerte no prevalecerá”.
Los Apóstoles debieron aprender a superar las incomprensiones y persecuciones de una sociedad hostil, con frecuencia despiadada y sangrienta, manteniendo la mirada en la meta misionera que Jesús les había señalado. Así la Iglesia, de la que son el fundamento y los orientadores originales. No es fácil hoy mantener ese rumbo, en medio de las tormentas desatadas por quienes, al estilo del Saulo no convertido, mantienen el propósito de destruirla. Corre la suerte de su Señor, amado hasta el martirio por verdaderas multitudes, y odiado, hasta la crucifixión, por grupos ocasionalmente poderosos. El pecado es odio destructor y aventador de la mentira y la división. Cristo, su Víctima principal resulta ser su Vencedor, ya que con su muerte “dio muerte al pecado y a la muerte eterna”. El pecado, aunque definitivamente vencido en Él, está dando manotazos de ahogado con sus proyectos siniestros y vanos de destrucción de la fe cristiana. Es oportuno concluir con la afirmación sentenciosa de Jesús a Pedro: “Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá sobre ella” (Mateo 16, 18).+

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