por Alfredo Nobre Leite
Señor Director:
En su carta “Derecho montonero” (“La Nación”, 2/2), el lector Juan E. Aleman se refiere a ese supuesto derecho, diciendo: “…en su parte, penal, tiene dos raíces: la inquisición, en la cual la acusación ya constituía la condena”… A la luz de la mala apreciación o prejuicio que se le son adjudicados, es pertinente aludir su origen para comprender su sentido y finalidad, la mentalidad y concepciones del hombre medieval, evitando emitir juicios “ex post facto”.
La convivencia medieval estaba basada en la tradición germánica, más que en la romana. Aquélla se fundaba en la lealtad al adalid de jóvenes guerreros que salían a conquistar el mundo y juraban fidelidad y lealtad al caudillo. En el siglo XII, al sur de Francia y norte de Italia, surgió un pensamiento que negaba la moralidad del juramento, sino también del matrimonio, además de aprobar el suicidio… Federico II, emperador, aprovechó para deshacerse de algunos enemigos políticos, acusándoles de ser miembros de las sectas heréticas -albigenses, cátaros y valdenses-, aplicándoles el Derecho Romano recientemente “exhumado” por los jurisperitos de la época.
Por las quejas recibidas, el Sumo Pontífice Gregorio IX decidió tomar cartas en el asunto, y por tratarse de acusaciones de herejía, se necesitaba un juez idóneo, es decir un teólogo. Así, en el siglo XIII, nació este columniado tribunal. El poder civil enfrentaba a felones, la Iglesia a herejes, debido a que sus doctrinas hacían imposible la vida social de la ciudad… Sus penas eran de naturaleza espiritual, porque, como tribunal eclesiástico, tenía prohibición de derramar sangre. Cuando el reo realmente era culpable y se obstinaba en su delito, la Santa Inquisición no podía castigarlo, y se limitaba a “relaxarlos al brazo secular”, es decir, el poder civil.
La Inquisición creó al abogado defensor, fue el primer tribunal que exigía se demostrara fehacientemente la culpabilidad del reo, lo que salvó la vida a miles de supuestos “brujos” que, más tarde, en los países protestantes, cuando se puso “de moda” tal acusación en le siglo XVII, serían ejecutados a millares, no aceptó ninguna causa en virtud de un solo testimonio, exigiendo al menos tres antes de ponerse en movimiento; inició la investigación previa de los testigos para evitar venganzas y calumnias… En suma, fue el origen de la moderna doctrina que cree inocente al acusado hasta que se demuestre lo contrario, y lo trata como tal. Incluso vigilaba a sus mismos jueces hasta el extremo de condenar a más de uno por las injusticias cometidas.
Su más preciado fruto, y lo reconocen todos los historiadores, fue el de evitar los cuantiosos derramamientos de sangre, por motivos religiosos, que caracterizaron la Edad Moderna y que se produjeron precisamente allí donde no funcionó. (1)
1) Basado en el artículo “La Santa Inquisición ¿juicio equitativo?”, por el Prof. Dr. Juan Carlos Ossandón Valdés (Revista “Iesus Christus”, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Nº 74, mar/abril de 2001, p. 14/17).
Con cordiales saludos,
Alfredo Nobre Leite
DNI 18.221.024
mindelogatas@hotmail.com
Fuente: Informadorpúblico.com (6/2/13)

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