
por Llucià Pou Sabaté
En mi último curso de enseñanza secundaria, tuve de compañera a Anna María Molina. Era alegre, decidida, noble… algo mayor que nosotros. Trabajaba de instructora de atletismo en Les Alzines, y fue entrenadora de mi hermana, que recuerda que les gritaba: "No us rajeu!" (“¡no os rajéis!”): “era la consigna que daba, cuando veía que alguna de nosotras nos cansábamos. Nos lo detectaba y nos animaba a seguir adelante”.
Había rozado lo más alto del deporte español, y por lesiones tuvo que adaptarse a una nueva vida. Poco después, el 17 de agosto de 1979 murió en accidente de coche, cuando volvía de una actividad formativa. Fue “la deportista más completa que hasta entonces había tenido el deporte español”, según escribía la revista “Mundo cristiano” en 1984 al recordarla; tenía 17 títulos nacionales: lanzamiento de peso, penthalon, 80 metros vallas, lanzamiento de disco, y 100 metros vallas. Así lo dejó en sus recuerdos: “Comencé los entrenamientos a los 13 años por influencia de una atleta amiga mía, María Teresa, que vio que yo tenía condiciones… a los 16 años fui campeona regional y nacional en 80 metros vallas. En años sucesivos conseguí mejorar los récords de España de penthalon, 80 metros valla, 100 vallas y lanzamiento de peso”, que era su fuerte.
El entonces entrenador nacional de atletismo, José Manuel Ballesteros, dice de ella: “el factor humano, en este caso la capacidad de sacrificio y superación, constituía su mejor cualidad, así como sus condiciones físicas”.
Trató a Dios con intimidad a partir de su encuentro con esa amiga que le invitó a un curso de retiro organizado por el Opus Dei: “Después, María Teresa me invitó a ir con ella a un curso de retiro. La habían invitado por la calle y no quería ir sola. Era una época en que no practicaba. Allí vi claro que tenía que cambiar mi vida. Hasta entonces solamente había tenido una dimensión humana, lo que me ilusionaba era ir mejorando marcas”. Allí vio que la felicidad es darse. Comenzó a cambiar, “en esta época gané el trofeo que más ambicionaba: campeona de penthalon (vallas, lanzamiento de peso, lanzamiento de disco, longitud, altura y 200 metros lisos)”. Le hacía mucha ilusión enviar esa copa a san Josemaría, “y se la envié a Roma”.
“En la Obra he aprendido a ganar y a perder”… intentó una mínima olímpica, en Madrid, y tuvo una lesión que le impidió el reto. “Si esto me hubiera pasado unos meses antes, cuando no conocía la Obra, me hubiera hundido como atleta y como persona, porque no tenía nada fuera del atletismo. La ayuda que siempre encontré me llevó a ver la lesión con sentido sobrenatural. Tenía clarísimo que aquello pasaba por algún fin bueno, que entonces no entendía, pero del que estaba bien segura.
Durante el tiempo que tuvo la escayola fue Marga, que era médico, quien se dio cuenta de que no iba bien, y me llevó a un cirujano que puso mucho interés en mi mejoría... cuando tuvo que decirme que no haría más atletismo lo hizo con mucha delicadeza...”, aún operada “el diagnóstico fue que tendría que renunciar al atletismo y llevar un aparato ortopédico.” “Me entrené para ir a los campeonatos de España de lanzamiento de peso. Quedé campeona” y quiso también enviar la medalla a Roma... “Entrené en el lanzamiento de disco y quedé campeona de España. Estuve así dos años” y escribía a compañera de la selección nacional: “si alguna cosa les salía mal les estimulaba ver cómo llevaba yo este fracaso. Todo me daba ocasión de acercarlas más a Dios”. “Es costumbre entre deportistas intercambiase recuerdos, insignias, escudos. A mí me es fácil regalar también el “Evangelio” o “Camino”. Estoy segura de que les hará mucho bien. A muchas no las volveré a ver más”. En los campeonatos por varios países “algunas vinieron conmigo a misa. Les sorprendía la vida limpia y, aunque a veces no lo entiendan, les atrae y les contagia”.
Procuraba “poner a Dios en el pódium, como aprendí al conocer la Obra”… Una de sus compañeras, a las que anima, contesta: “Cada vez que algo me sale mal pienso en lo que me dijiste sobre nuestro trabajo: que es Dios quien lo contempla y ve nuestro esfuerzo, y vuelvo a empezar”
Cuenta J. M. Ballesteros: “todos los atletas de la selección la querían, como una persona encantadora, agradable y conversadora que era. Nunca creó ningún problema; antes al contrario, ayudaba a solucionar los que se planteaban y, por esta razón, la elegimos capitana de la selección. Era un caso de esos en que se juntaban la gran categoría técnica y una gran categoría humana”. Decía Ramón Rovira en el Punto Diario: “para todos aquellos que tenían la suerte de gozar de su amistad, Ana María no morirá nunca, porque su recuerdo permanecerá como una llamada encendida para siempre”.
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