martes, 4 de junio de 2013

Educar para la solidaridad



Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (1 de junio de 2013). 

Estamos celebrando hoy la fiesta del Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía, del Sacramento del amor y dentro de muy pocos días tendremos la Colecta Nacional de Caritas.
Me parece que es ésta una buena ocasión para pensar acerca de la educación en la solidaridad, o digamos, con sentido plenamente cristiano, católico, la educación en la caridad.
Ustedes saben que en las escuelas, se ha impuesto una materia que se llama “Construcción de Ciudadanía”. Y el Secundario se propone, al menos esa es la intención oficial, como primera finalidad, como primer objetivo, educar para la ciudadanía o construir ciudadanos. 
Las expresiones son bastante ambiguas, y yo me pregunto: ¿Cómo se puede educar a un ciudadano sino se educa a una persona? ¿Si no se le inculcan a esa persona valores fundamentales como, por ejemplo, sentido de la justicia, del respeto, y el sentido de la solidaridad? Porque hoy se reclama justicia pero no se advierte que a la justicia le falta algo si no va unida a la solidaridad. Nosotros diríamos si no la complementa y anima el amor al prójimo, la caridad. 
Ahora bien: ¿quién educa en la solidaridad? ¿Dónde se educa? La escuela puede intentar hacerlo, sin duda, y yo creo que en el sistema educativo católico este es uno de los objetivos fundamentales. Es éste un aspecto principal de lo que podemos llamar educación para la vida social. La virtud social por excelencia es la justicia, elevada y completada por la solidaridad. 
Sin duda la escuela puede hacer mucho en este sentido, pero anteriormente, antes de que el chico llegue a la escuela, la familia es la gran educadora; es la familia la que debe educar en la solidaridad. Esta tarea supone una familia consolidada, una familia estable. Hoy día hay una situación crítica en muchas familias, que disminuye la potencialidad educadora. Una familia que pueda criar a sus hijos dignamente y pueda orientarlos en los valores fundamentales de la vida; de esto depende el futuro de la ciudadanía. 
Añadiré un detalle, pero que me parece capital: hoy en el mundo entero hay una tendencia a la familia con pocos hijos e incluso a la familia con un solo hijo. Mascotas sí puede haber en la casa, pero hijos no tanto. Ahora bien los hermanos educan a los hermanos, se educan entre ellos, se pelean y se reconcilian todos los días, tienen que adiestrarse en el perdón reciproco, tienen aprender a compartir un montón de cosas, tienen que aprender también a sacrificarse los unos por los otros. 
En la familia, los numerosos hermanos se educan a sí mismos, la familia los educa, por cierto, pero ellos se educan a si mismos en la solidaridad. 
Hay otros factores educativos de importancia, entre ellos el ambiente social, el clima social. También eso es fundamental. Cuando se ven tantos ejemplos de egoísmo, de enriquecimiento desmesurado, tantas diferencias económicas y sociales que se van, incluso, agravando en lugar de estrecharse, todo eso conspira contra una educación en la solidaridad. 
En este campo se juega algo fundamental no sólo para el futuro de la humanidad, sino para la felicidad de la propia persona. No se puede ser feliz pensando exclusivamente en uno mismo o poniéndose a uno mismo por encima de todo, porque el hombre ha sido hecho para amar y ser amado, y en eso consiste la felicidad. 
El Corpus Christi, la futura colecta de Caritas son ocasiones muy buenas para pensar en estas cosas. 


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata (AICA)

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