viernes, 2 de septiembre de 2016

La misión del intelectual católico hoy (I)

P. Alfredo Sáenz s.i.

Exposición completa del P. Alfredo Sáenz con ocasión del Acto Académico donde la Universidad Católica de La Plata (UCALP) le otorgó el “Doctorado Honoris Causa” – el lunes 22 de Octubre del 2012 –, en reconocimiento por sus aportes a la cultura católica
Confrontados a una situación inédita, el católico de hoy, sobre todo el intelectual católico, tiene una misión inédita y debe, por consiguiente, dar una respuesta inédita.
Antes de abocarnos al contenido de tal respuesta, no dejará de ser útil un sucinto análisis histórico de las distintas etapas de la cultura, para considerar la diversidad de reacciones que caracterizaron a los católicos. Es indudable que la Edad Media conoció una admirable Weltanschauung, una cosmovisión muy esplendorosa del mundo. Durante esa época, el orden natural y el orden sobrenatural eran, sí, órdenes distintos, pero en modo alguno divorciados. Así como en Cristo la naturaleza humana y la divina se unen en la Persona divina sin dejar de distinguirse, así lo temporal se unió con lo eterno, lo carnal con lo espiritual, lo visible con lo invisible, sin perder cada ámbito su límite de autonomía. El mundo ofreció entonces un espectáculo cultural verdaderamente arquitectónico, catedralicio. La filosofía, por ejemplo, asumiendo todo lo que era valedero en el pensamiento tradicional de Platón, Aristóteles, Plotino, etc., lo injertó en el cosmos de la revelación. Al fin y al cabo aquella tradición no había sido sino una suerte de “preparación evangélica”, como la calificaron lo Padres de la Iglesia. ¿Acaso no decía Clemente de Alejandría: Quién es Platón sino Moisés que habla en griego, como queriendo afirmar que la verdad natural era coherente con la sobrenatural, ya que ambas tenían, en última instancia, a Dios por autor? La arquitectura medieval, concretada tan maravillosamente en las catedrales, románicas y góticas, al tiempo que enseñaba al pueblo a orar en la belleza, insuflaba una nostalgia de la Belleza sustancial. La música, sea la del órgano, sea la de las voces humanas, esa música que rebotaba de arco en arco, llenando los recintos sagrados, no era sino la parte humana de un concierto que reunía los ángeles y los hombres, eco de la armonía trinitaria. La política conoció asimismo en aquélla época uno de sus picos históricos, pudiendo verse en la imagen de San Luis, rey de Francia, la encarnación del gobernante católico, aquel en quien la fe era algo penetrante, algo que imbuía todo el orden temporal cuyo encargo había recibido, en última instancia, del Emperador celeste, de quien era vicario en el orden temporal. La literatura, en sus diversas expresiones, desde los cantares de gesta hasta la Divina Comedia, constituía, en cierto modo, una especie de prolongación de la Sagrada Escritura, en el sentido de que seguía exponiendo el plan de Dios a través de las letras. En fin, un orden temporal empapado de sacralidad. El papel del intelectual católico de entonces no era sino concretar esa visión temporal y trascendente en el marco de las instituciones, que tanto lo ayudaban para dicho cometido. Con la aparición del Evo moderno poco a poco, las cosas van a ir cambiando, pero en una dirección muy determinada, progresiva y disolvente. La filosofía comienza a abrir caminos desconocidos, adentrando al hombre en una interioridad cada vez más enclaustrada, en un distanciamiento creciente entre la realidad conocida y el sujeto cognoscente, hasta quedar este último encerrado en una total inmanencia; ruptura total del ser y del conocer. El artista, inspirando sus principios en la nueva filosofía, pretendió emular en cierta manera la actividad creadora de Dios, pero no con el espíritu de humildad intelectual que había caracterizado al período medieval, sino con un ímpetu de soberbia y autonomía evidentes; en un largo proceso que comienza, sintomáticamente, con la representación de un hombre desmesurado en su musculatura, como nos legó el por otro lado admirable Renacimiento, llegamos a la destrucción plástica del hombre en Picasso y su ulterior arbitraria reconstrucción, con total independencia del Arquetipo supremo, a cuya imagen y semejanza había sido hecho. La música se lanzó también a un proceso de exaltación del hombre; buscando más “expresarse” que expresar la armonía divina, acabó por destruirse a sí misma, reduciéndose a no ser sino puro ritmo, estruendoso ruido, sin contenido, sin armonía, sin serenidad. La política olvidó sus instancias superiores, la autoridad se desvinculó del poder divino como de su fuente, y se lanzó por las vías de un maquiavelismo creciente hasta llegar a la masificación contemporánea o al esclavismo comunista. La literatura cortó amarras de las Sagradas Letras, desembocando en sus últimas etapas de una poesía sin sentido y una novelística pornográfica. Por supuesto que sería injusto decir que, desde el Renacimiento hasta acá, no ha habido aciertos filosóficos, ni arte ni belleza. Baste para probar lo contrario el admirable Mozart, el sin par Shakespeare, el inmortal Rodin. Lo que queremos decir es que, como lo ha explicado admirablemente Berdiaeff, paso a paso el hombre ha ido transitando del estado orgánico al estado mecánico, es decir se ha ido des-ligando, des-vinculando, abandonando sus ligazones, para hacer, como el hijo pródigo, la experiencia de la libertad. El resultado: apacentar puercos. Porque la buscada “libertad” no era sino un espejismo. Cuando el hombre decidió romper sus lazos naturales y sobrenaturales, no conquistó la libertad sino que se volvió servil, esclavo. Cuando el hombre cae de Dios, decía S.Agustín, cae también de sí mismo. El conjunto de estos hombres “emancipados” constituyen el mundo moderno. Lo que el Magisterio Eclesiástico ha dado en llamar “mundo moderno”, más que una designación cronológica, es una cualificación axiológica para designar a un mundo independiente de Dios y de la verdad. Aquella unión de lo divino y de lo humano, que tan bien caracterizó a la Edad Media, ha desaparecido. Subsiste lo divino, sí, pero acosado, restringido a lugares y tiempos determinados, en una palabra, marginado; subsiste lo humano, sí, pero exaltado, emancipado, hecho absoluto. La unión hipostática se ha roto. Lo que Dios había unido, el hombre lo ha desunido. Si pasamos ahora a la consideración de lo acaecido en nuestra Patria durante la última centuria, en relación con la materia que nos ocupa, debemos señalar que, si bien hemos sufrido las consecuencias de ese pasado decadente, sin embargo se han producido reacciones verdaderamente inteligentes. Entre ellas, no podríamos dejar de nombrar los Cursos de Cultura Católica, donde se intentó dar una respuesta integral a los problemas de nuestro tiempo. El pensamiento de Chesterton, Belloc, el primer Maritain, de Koninck, Garrigou-Lagrange, inspiró ese grupo, integrado por lo mejor de la inteligencia argentina de aquel tiempo, no por pequeño menos influyente. Citemos a Casares, Pico, Bernárdez, Ballester Peña, así como las revistas de gran nivel en las que colaboraron, como Criterio, Ortodoxia, Sol y Luna. Pensamos que esa generación supo dar una respuesta más adecuada al mundo moderno que la que ofreciera la generación anterior, la de Estrada, Goyena y Felix Frías, valiente en sus batallas, pero algo teñida de liberalismo de la época. La reacción de los Cursos fue de veras integral, sin concesión alguna al adversario, sin temor alguno a la impopularidad. Además de los Cursos, y luego de su desaparición, se podría señalar otros intentos de nuclear el pensamiento católico argentino. Por ejemplo, los congresos del Instituto de Promoción Social Argentina, el brillante Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana (iniciativa del Dr. Alberto Caturelli) que sin duda marcó un punto de referencia inobviable para el que algún día escriba la historia del catolicismo en nuestra Patria; también organizaciones como la UCA, que inició Mons. Derisi, el Ateneo de Cuyo, OIKOS, el Instituto de Filosofía Práctica y revistas varias. A pesar de estos y otros intentos, sin embargo pareciera haber prevalecido en no pocos ambientes católicos, una falsa apertura al mundo, mediante la cual algunos buscaron hacer “simpática” la fe. El católico, en vez de iluminar las tinieblas de nuestra Patria, renunciaba a ser luz y se ponía en el furgón de cola de un tren que parece correr hacia su ruina. El católico, en vez de convertir al mundo, se abría indebidamente al mundo, no para salvarlo sino, si se me permite un dura expresión, para ser salvado por el mundo, ya socialista, ya demoliberal. Quisiéramos señalar también otra falsa actitud de algunos católicos. Por el deseo de dar vitalidad a la fe católica, anhelo loable como el que más, pretendieron propagar un catolicismo divorciado de la doctrina. Lo que importaba no era tanto la doctrina cuanto a la vida, o, como se decía con frecuencia, “la vivencia”. Y así se fueron formando diversos grupos de católicos que agotaban su actividad en encuentros, intercambios de experiencias, ruidosas manifestaciones masivas, sin profundizar su fe. Un sacerdote brasileño, experto en grupos juveniles, autor de libros y discos para jóvenes, el P.Zezinho, tras una larga experiencia en esta actitud pastoral, constató dolorido que sus jóvenes: “le habían dado a Cristo el corazón pero no le dieron la cabeza”. Ninguna de estas soluciones es aceptable. Todas estas corrientes -las tercermundistas, las vivencialistas- en última instancia, aceptan el mundo contentándose con agregarse “un suplemento de espíritu”. No es esa la tarea. Tras discernir lo que en el mundo es salvable, y lo q en el mundo es irrescatable, como sería lo informado por “el espíritu del mundo”, el mundo mundano, si se me permite la reiteración, es menester llevar a cabo aquello que el Concilio Vaticano II llama “la consagración del mundo”. Pero antes de bautizar el mundo contemporáneo es menester exorcizarlo de todos sus demonios, porque como dice el mismo Concilio, es deber de los laicos coordinar “sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo, cuando incitan al pecado” (Lumen gentium 36). Pero, como dijimos, tras exorcizar hay que consagrar, ya que, según dice el mismo Concilio: “Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo…para instaurar en Cristo el orden de las realidades temporales” (Apostolicam Actuositatem 7). Luego de estas ideas introductorias, tratemos de exponer ahora la labor, que a nuestro juicio debe desarrollar en las actuales circunstancias el que quiere “iluminar” al mundo, la misión del intelectual católico. Porque se trata de una función “iluminatoria”. Parece propio de la inteligencia iluminar donde imperan las tinieblas. Y si esta función ha sido siempre necesaria, hoy lo es más que nunca ya que las tinieblas se han espesado. En el fondo no es otra cosa que una participación en la tarea iluminante de Aquel que dijo: “Yo soy la luz”, “he venido a traer la luz del mundo”. La luz sobrenatural, pero también, en cierto modo, la natural. Donde hay luz, allí en última instancia está Cristo, la luz del mundo. ¿Y cuáles son los ámbitos que el intelectual católico deberá iluminar con su presencia y, sobre todo, con su sabiduría?
Ante todo el ámbito de la filosofía. En el campo de la filosofía, el proceso de decadencia al que antes hemos aludido, se ha hecho más evidente que en ningún otro terreno. El intelectual católico deberá conocer lo mejor posible las distintas corrientes filosóficas que, partiendo de Descartes, han culminado en el marxismo y el Nuevo Orden Mundial globalista. Pero deberá conocer mucho mejor aún la filosofía perenne, que encuentra una magnífica concreción en el pensamiento de S.Tomás. Tal será su punto de referencia, que le permitirá pronunciar un “juicio” sobre toda filosofía que se aparte del recto camino hacia el ser. Nada más lejos del eclecticismo que esta posición. Sabemos bien que en la universidad el joven se forma en el conocimiento de las diversas filosofías, no asignándoles más valor que el de su aparición cronológica. El filósofo cristiano no puede ser un mero espectador del devenir filosófico, ni un coqueteador de las filosofías en boga; debe ser un enamorado del ser, del ser natural y del Ser sobrenatural. Su oficio no consistirá sólo en “conocer” diversas filosofías sino “juzgarlas” desde el punto de vista inconmovible de la verdad no solo conocida sino saboreada. Su oficio no consistirá tampoco en una repetición mecánica de la ortodoxia escolástica, sino que valiéndose de la vigencia perenne de sus principios, sabrá iluminar la realidad del hombre de hoy y responder a sus acuciantes problemas. Es más importante saber responder las objeciones de Marcuse o de Gramsci que las de Durando o de Abelardo.

 (continuará)


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