por Juan Manuel de PradaDisfruté como un enano escribiendo mi último artículo de la revista XL Semanal, una diatriba contra los moderaditos que abominan de Mel Gibson. Y he disfrutado todavía más viendo "Hasta el último hombre" ("Hacksaw Ridge", en el original), que es el título de la película con la que Mel Gibson reanuda su carrera como director cinematográfico, diez años después de la magnífica "Apocalypto"
En el personaje de Desmond Doss Gibson ha encontrado un paradójico trasunto de sí mismo, un incomprendido que para mostrarse como es tiene que dar lo mejor de sí; y esta identificación íntima transmite a la película una vibración humana única. Doss es un pacifista al que todos tienen por cobarde, un creyente del que todos se burlan, por juzgar que su religiosidad es el disfraz de su falta de hombría; y que, para sacudirse el sambenito que le han colgado, se arroja al combate, salvando las vidas de quienes lo han estado escarneciendo. Gibson es un hombre de genio artístico al que todos tienen por un orate, por un bocazas, por un fanático; y que, para sacudirse el sambenito que le han colgado, dirige una película de encargo en la que pone lo mejor de sí mismo, como si le fuese la vida en ello, para desengañar a los moderaditos de corazón duro y polla blanda que tanto lo han denigrado. Como Doss, Gibson necesitaba redimirse, sabiendo que no hay redención posible sin paso por el Gólgota; y tal vez el horror y la angustia que destilan las secuencias bélicas de su película sean una proyección de las penalidades y sufrimientos que ha atravesado el propio director durante la última década.
Ojalá haya encontrado la paz soleada que viene del cielo, la paz benéfica que baña al protagonista de su hermosa película, convaleciente todavía pero ya rescatado de un infierno que a punto estuvo de devorarlo entre sus fauces.
(ABC, 10 de diciembre de 2016)
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