viernes, 22 de diciembre de 2017

Adviento.

 por Prof. María Teresa Rearte
 El Adviento que ha dado inicio en estos días y este mundo que habitamos, en el que el desorden atraviesa tantos aspectos de la existencia, con su cuota de tangencial seducción, es tiempo litúrgico y camino de fe.

E invita a  preguntarnos acerca del creer. ¿Qué significa? J.Ratzinger decía que “significa dar el propio consentimiento a ese sentido que no estamos en condiciones de construir por nosotros mismos, sino sólo de recibir como don, tanto que nos basta acogerlo y abandonarnos a él”.(1) La fe es aceptar, consciente y libremente, ese  sentido de la vida que nos ha sido donado. Que proviene de nuestra vocación por la trascendencia y del ofrecimiento de la Gracia de Dios.
            Vivimos en medio de acontecimientos sociales y políticos de turbulencia, y hasta trágicos, que son el reflejo concreto de cierta condición humana, en determinado momento histórico. Cuya perversidad es tanto peor cuanto mayor es el bien y la virtud que se ignora y pisotea. La injusticia agrede y despoja a tantos seres humanos de bienes inherentes a su condición de tales. ¿Cómo pueden las personas en medio del tronar de la confusión y el descontrol, proponerse y dar continuidad a ideales de vida? ¿Cómo dar cabida a la fe y la esperanza, o hablar de caridad, los tres pilares de la vida teologal? La corrosiva virulencia de los acontecimientos no puede ser negada; pero tampoco corresponde deslizarse por la pendiente de la falta de sentido, hasta acabar experimentando la vida como destino.
             
Libertad y conciencia.
Hay una llama que emerge no obstante la presión de los acontecimientos exteriores, que al modo de un círculo parecieran querer asfixiar a los seres humanos. Y hasta hacerle desistir de sus nobles empeños. Esa llama de rebeldía, esa fuerza que brota de la libertad, desde las profundidades del alma, aún desde sus cenizas si puedo decirlo así, está llamada a quebrar el círculo para que asome la interioridad del hombre. Puede ser un penoso esfuerzo en medio de la noche de las cosas, del mundo y la sociedad convulsionados, hasta de un país destrozado, para continuar la marcha con el arduo pero también posible ejercicio de la conciencia moral y religiosa. Hay que disponerse a correr el riesgo de toda vida humana en el responsable, valiente y delicado ejercicio de la libertad. “La libertad es terriblemente difícil, es una carga, es dura. La libertad engendra el sufrimiento”, decía Nicolás Berdiaeff. Y añadía: “Los que temen el sufrimiento reniegan de la libertad y se venden a la autoridad, a no importa que tiranía. La libertad es heroica. Los hombres de instinto servil jamás comprenderán lo que es la libertad.” (Textos inéditos) Por lo que, adviértase,  la urgencia prioritaria de esmerarse en el gobierno de sí mismo, necesario para liberarse del egoísmo individualista y corporativo, que hoy se enseñorea en las relaciones sociales y busca, desde el poder político y económico,  concretarse en leyes y decisiones de gobierno,  que conducen a más y más desvalimiento social. Por lo que destaco la importancia de que el legislador advierta la función del imperio prudencial que ordena y despeja el camino para la realización de la justicia.

La fe y las realidades temporales
El cristianismo tiene una espiritualidad; pero no es un espiritualismo, por lo que no  puedo ni  debo callarlo, ni hacer de la fe en Cristo una abstracción separada de las realidades temporales, aún cuando algún político diga que “muchos curas hablan sin saber nada”,  al rechazar las críticas del presidente de la comisión de la Pastoral Social del Episcopado, con relación a la reforma previsional, que –dijo- “nivela para abajo” y es una “injusticia”. Lo que pasa es que el senador aludido usa el  poder, que es un medio, ignorando su responsabilidad en orden al bien social,  que a él y su bloque le permite ser consecuentes con el acuerdo fiscal que firmaron los gobernadores con el gobierno nacional, el que implica también modificar la fórmula previsional para actualizar las jubilaciones. Como cristiana pienso lo mismo que Mons. Lugones, presidente de la Pastoral Social, y observo con enorme preocupación que la política traiciona el interés común, en  este caso con relación a una de las franjas más sensibles de la sociedad, como es la de los mayores. El presidente de la Nación acostumbra decir que la corrupción mata. Es verdad. Pero olvida decir que los ajustes también matan.  Por lo que, una vez más, el poder político en este caso  de un gobierno liberal capitalista olvida al hombre y planta la cruz, como en su tiempo lo hizo el poder romano en la Pasión y Muerte de Cristo. La que no podemos escindir del Nacimiento del Redentor que los cristianos nos preparamos para celebrar, porque Jesús nació en un establo, al no “haber lugar para ellos en la posada” (Lc 2, 6-7) Cuando no hay lugar para Dios, tampoco lo hay para el hombre. Y viceversa.

Magnanimidad y humildad. 
Sin duda hubo y hay desvarío y pánico. Y no hay seguridad en cuanto al camino a seguir, porque en medio de tantos esfuerzos perdidos faltan motivaciones para continuar. Pero desde todos los ángulos que lo veamos surge una invitación para abrigar grandes anhelos que canalicen los esfuerzos. Eso es precisamente la magnanimidad, que dilata el corazón y la vida para tender a lo grande y lo sublime,  que no está reñido con la humildad. Necesitamos aprender a contemplar en el perfil humano de María, la Virgen y Madre del Señor, esa preciosa síntesis que traduce el Magníficat: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.” (Lc 1, 46-48) Por lo que no nos sorprenda que el Papa Francisco haya querido poner a los pobres del mundo en su agenda de Pastor de la grey católica. Y les dedicara una jornada. Y dilatemos así el horizonte de la espiritualidad cristiana en una perspectiva que abra el aquí y el ahora de la vida a la fecundidad de la Gracia, que penetra en nuestra existencia terrena, donde pulula el descrédito acerca de la condición humana y crece el desánimo que atormenta a diario. En medio del cual sugiero la libertad de inspirar nuestros juicios en la reflexión profunda, que no ignora ni niega la terribilidad del mal, pero brota en el silencio de la conciencia que se abre a la escucha de lo que Dios inspira. Y afronta con lucidez crítica el influjo de una conquista de nuestro tiempo como son los medios de comunicación masiva, cuya moralidad depende del uso que se les dé, y que en gran medida están  empeñados en transmitir una imagen decadente del hombre y a la vez sombría de la existencia humana. Vuelvo al perfil de la Virgen María, para liberarla de sentimentalismo. Y pedir que se nutra de un dinamismo esclarecedor que se proyecte sobre la dimensión de nuestro cotidiano y sencillo vivir. Que sea una figura de valor para el ethos cristiano, Ella, nuestra Señora. Que adquiera relieve en este tiempo de espera del Redentor.

Fe y creencias.
Pero ¿quién es el Dios de nuestra fe, al que me refería en el inicio de esta nota? Digo fe y no creencias. Porque “la fe es, ante todo, una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado.”(2) En tanto que la creencia  “es esa totalidad de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y lo Absoluto.” (3)
            ¿Quién es el Dios en el que creemos los cristianos? Es el que confiere el sentido último de la vida y de la historia. Al que llamamos Padre y también Creador y Señor del Universo. Es lo que confesamos en el Credo, que a diario es bueno rezar y meditar,  porque en él se pone de manifiesto la tensión entre el que es el absolutamente Otro y también el amor total y donado. Esto es, tensión entre lo inconmensurable, que expresa distancia y lejanía, y también estrecha e íntima, amorosa cercanía.
             La Iglesia está en vela y nos convoca por la liturgia al encuentro con Aquél que viene. Al que esperamos. Y hacia el cual tendemos. Ella nunca es un absoluto, que reemplace la fascinante atracción de Dios para los hombres. Y tampoco niegue la libertad de los caminos que a Él conducen. Sino que es servidora del Reino de Dios que se extiende en tiempo y geografía, buscando la íntima urdimbre del corazón humano. Y aún las estructuras sociales, tanto como las diferentes dimensiones de la existencia, donde echan raíces las esperanzas humanas. Y también el pecado, si bien no en todas las personas de igual modo ni con la misma gravedad, porque el hombre también es capaz de obrar el bien. Y con el auxilio de la Gracia divina, de peregrinar en ascenso hacia la santidad de la vida. Por lo que se puede apreciar el rol e importancia de los sacramentos cristianos. Los que acompañan la vida humana, aún en sus momentos más difíciles como la enfermedad y la definitiva instancia del morir.
             “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.” (Heb 11, 1) Es fuerza para emerger en medio de tanto desatino. Y creer superando constantemente la tentación de desvalorizarlo todo, del cansancio y aún de la soledad y el miedo. De condiciones socio-económicas particularmente difíciles. Y en medio del sufrimiento humano.
               En el encuentro que presupone la fe, lo humano y lo divino se relacionan de modo vital. El  hombre frente al Eterno es protagonista, no sólo receptor pasivo de su obra. La Gracia le completa, vivifica y enaltece, sobre todo cuando evita los repliegues humanos sobre sí, tanto como la dura caparazón de la auto-exaltación, que ciega frente a la magnificencia divina. Por eso el encuentro con Dios es siempre un llamado para cambiar el corazón y la vida.
                En este nuevo Adviento de la historia, invoquemos a Cristo, el Salvador anunciado, que otorga esperanza y sentido a nuestra vida aletargada por los acontecimientos del mundo contemporáneo. E incluso de nuestra Patria.

(1)    Joseph Ratzinger: Introducción al Cristianismo.
(2)   Congregación para la Doctrina de la Fe: Declaración Dominus Iesus, 7.
(3)   Congregación para la Doctrina de la Fe: Ibid, 7.

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