jueves, 28 de diciembre de 2017

Crisis eclesial, crisis de la mente católica

por David G. Alonso Gracián
 
1.- Me esperaba muchas críticas por mi post contra la utilización en plan católico de los esquemas conceptuales de la logoterapia de Viktor Frankl.
Muchos me han hecho saber su disconformidad, tanto en comentarios al artículo como personalmente, por privado o en conversaciones.

No me ha extrañado, la verdad, dado el apego morrocotudo que muchos católicos, sobre todo formadores y evangelizadores, y en especial parte del clero, tienen por el psiquiatra vienés.

Qué les gusta explicar la conversión como el descubrimiento del sentido de la vida; como un itinerario terapéutico de valores encontrados; como una mala hora de tedio, que se encuentra de pronto con una luz atemporal, de repentina virtualidad cósmica.

    En realidad, su malestar por mi crítica a El hombre en busca de sentido, lo hago extensivo a mi crítica al personalismo. Sé que no es tarea grata lanzarme a poner en tela de juicio la fenomenología personalista. ¿Acaso Karol Wojtyla no era personalista? ¿Acaso Edith Stein no era personalista? Es la interrogación con que pretenden desactivar toda crítica al respecto.  Pero es una crítica necesaria.

    Estos santos fueron personalistas a su manera, y fueron santos, uno de ellos un gran Papa, y no por esos sus sistemas filosóficos personales fueron oro puro. Y que lo fueran, digo fenomenólogos, en modo alguno invalida una sana crítica a Frankl, Marcel, Mounier, Guardini, De Lubac, Zubiri, Teilhard de Chardin y demás superhéroes, y sobre todo al paradigma en general. El personalismo tiene elementos positivos, también la logoterapia, y estos elementos positivos han sido aprovechados por los santos citados.

    Pero ojo, que junto a estos elementos buenos coexisten potentes toxinas, capaces por sí solas de disolver la identidad católica poco a poco, como en una disolución dulce, de narcosis humanista. Rasgos extraños, que provienen de la vía moderna, y que sólo pueden configurar un rostro extraño, moderno, antitradicional, de inteligencia sentiente, noodinámica y religante.

 2.- Creo que por ello debemos partir de la realidad. La realidad es que asistimos a una tremenda crisis de fe eclesial, y no sólo de fe, también de disciplina. Que esta crisis venía de atrás, y que ha eclosionado explícitamente ahora, con la publicación del documento pontificio Amoris laetitia, me parece incuestionable. Y que esta crisis es una crisis de la mente católica, me resulta igualmente evidente. El huevo se abrió, y era una cría del Leviatán.

    Mi tesis, vuelvo a repetirlo, es que la ambigüedad de la exhortación apostólica no ha sido debidamente calibrada, y que ello se ha debido a una niebla de tópicos personalistas que ofuscan el sentido de la fe de muchos católicos, en especial de evangelizadores, formadores y clero.

    En esencia, lo que está en crisis es la metafísica, y por tanto la razón, incluso como instrumento de participación de la ley natural. El existencialismo, al ser antimetafísico, deviene anómico. Por eso está en crisis la noción misma de sustancia, naturaleza, ley natural,  y más concretamente, los Mandamientos de la ley de Dios como su formulación privilegiada, sabiduría de Dios en orden a la consecución del fin último sobrenatural del hombre.

 3.- Yo veo claro que en el fondo de la logoterapia, como de la fenomenología en general,  late una insana sobrevaloración de las posibilidades del hombre caído de encontrarle sentido a su vida. Mucho más si nos referimos al fin último, sea fin último supremo o absoluto, o fin último relativo. Y no es católico jugar a fabricar superhéroes en sesiones de logoterapia, dinámicas grupales o talleres de interpersonalidad.

Y es que Frankl, como el personalismo en general, coloca al ser humano en una posición imposible, de inspiración naturalista, pelagiana o semipelagiana. Lo abruma, porque el hombre caído no puede crear valores, no puede extraer mandamientos nuevos de su conciencia, por muy creativa que afirme Bernhard Häring que es. Que no lo es. El ser humano no es un dios. Ni tiene el martillo de Thor, con que aplastar esencias, sustancias e inmutabilidades. Le guste o no le guste, fin último hay sólo uno, y es para todos. Y los mandamientos son Diez, que el Señor quintaesenció en dos.

    Resumo la crisis con esta frase profundamente nociva que Frankl escribe en El hombre doliente:

    “En una época en la que los diez mandamientos han perdido para muchos su vigencia, el hombre debe capacitarse para percibir los 10 000 mandamientos incluidos en las 10 000 situaciones con las que le confronta su vida.”

    Esos 10 000 mandamientos para 10 000 situaciones serán muy variables, muy a propósito de la situación de cada cual, muy “creables” por el sujeto, que se hace su fuente. Volvemos a lo mismo, a la teoría existencialista de los valores. A la pretendida autonomía de la conciencia. Al odio a la abstracción. Al rechazo de lo universal. A la complejidad nominalista, perdida en un sin fin de individualidades, situaciones y empirismos.

 y 4.- El cimiento de la mente católica, que de alguna manera es también suelo de la Iglesia,  no puede ser sino tierra verdadera y fértil. El enemigo modernista la quiere reseca, para que no dé fruto, ni broten palmeras ni cedros del líbano hasta el cielo; ni la rieguen surtidores de agua viva.

Ciertamente, el personalismo tiene elementos positivos, tiene voluntad de ortodoxia, se muestra bienintencionado al respecto, pero es inconsistente. ¿Cómo luchar contra el modernismo con sistemas asistemáticos y filosofías antimetafísicas? ¿Cómo luchar contra el modernismo con doctrinas nutridas de vía moderna?

Esta es la cuestión. Se precisa una urgente reforma de la mente católica. Una conversión a la tradición intelectual de la Iglesia. Escritura, Tradición y tradiciones, Magisterio. Y mucha metafísica, y Veterum sapientia, y Padres y Doctores, sobre todo San Agustín, Santo Tomás. Sólo así podremos hacer frente a la crisis.
 
La mirada en perspectiva   el 28.12.17 a las 5:48 PM

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