martes, 27 de marzo de 2018

¿No hay que predicar a los judíos?

por Bruno Moreno 
  "¿Qué era lo que iba a sustituir a la ofrenda diaria? El rito de la Eucaristía: una mesa sustituye a otra mesa"

Cuando Jesús “vuelca las mesas de los cambistas del Templo, se trata de una acción de rechazo del rito más importante del culto israelita, la ofrenda diaria, y, por lo tanto, es una afirmación de que existe un tipo de expiación que no es esa ofrenda diaria, la cual, a partir de entonces, queda anulada. ¿Y qué era lo que iba a sustituir a la ofrenda diaria? El rito de la Eucaristía: una mesa sustituye a otra mesa, ofrenda sacrificial por ofrenda sacrificial. Por lo tanto, me parece que el contexto adecuado para leer la acción de volcar las mesas de los cambistas no es la destrucción del Templo en general, sino la institución del sacrificio de la Eucaristía en particular.

De esto se deduce también que la contrapartida de la acción negativa de Jesús al volcar una mesa debe ser su acción afirmativa al establecer o preparar otra mesa y con eso me refiero a las narraciones de la pasión centradas en la Última Cena. Sin ser experto en las investigaciones de este campo, así es como sugiero que debemos leer este pasaje. El aspecto negativo es que la expiación del pecado proporcionada por la ofrenda diaria queda anulada y el positivo que la Eucaristía realiza esa expiación del pecado: una mesa volcada y otra mesa colocada en su lugar, y ambas con la misma finalidad de redención y expiación del pecado”.

Jacob Neusner, “Money-Changers in the Temple: The Misnah’s Explanation”, New Testament Studies 1989
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Coda: El sacrificio de Cristo en la Cruz, que se hace presente todos los días en la Eucaristía, es a la vez el cumplimiento, la superación y el fin del culto de la Antigua Alianza. Así lo vio con total claridad este autor, Jacob Neusner, que fue un rabino judío especializado en el judaísmo del siglo I, muy apreciado por Benedicto XVI.

Cuando Jesús volcó las mesas de los cambistas estaba realizando un gesto profético, como los de Ezequiel o de Oseas, para señalar la llegada del Mesías y el paso de la Antigua Alianza a la Nueva, de la ofrenda diaria en el Templo a la ofrenda sacrificial de Cristo. Las mesas de los cambistas, que eran necesarias para que se pudiera hacer en la práctica el sacrificio diario en el Templo, iban a ser sustituidas por la Mesa y Altar del Sacrificio de la Nueva Alianza.

En los últimos años, sin embargo, han surgido varias voces (algunas, tristemente, episcopales) que defienden que no debe predicarse el Evangelio a los judíos y quejándose de que la liturgia pida su conversión. Para ello, alegan la conocida frase de San Pablo: las promesas de Dios son irrevocables. Según esta afirmación bíblica, dicen, los judíos tienen su propia Alianza y no hay que pretender que se hagan católicos, sino solo fomentar que se mantengan fieles a la Antigua Alianza. En fin, con todo el respeto a las voces episcopales en cuestión, sería muy difícil imaginar una barbaridad más monstruosa.

[Cristo y cambistas] Ciertamente, las promesas que Dios hizo al pueblo de Israel son irrevocables. Ni siquiera la infidelidad acaba con ellas, porque, como también dice San Pablo, si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. Sin embargo, la Iglesia siempre ha entendido y enseñado que esas promesas hechas al pueblo de Israel se cumplen precisamente en Jesucristo, Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. De nuevo, así lo proclamó el Apóstol ante el Rey Herodes Agripa: Ahora soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa hecha por Dios a nuestros padres.

Cristo fue anunciado por los profetas, prefigurado por los patriarcas y anhelado por el pueblo sufriente. El Hijo de la Hija de Sion, de la Doncella de Israel, aparece de alguna forma en cada una de las páginas del Antiguo Testamento y es el corazón de la Ley y los Profetas. El sacrificio de la Cruz es el sentido, el cumplimiento, la culminación y la razón de la misma existencia del culto instaurado por Moisés. Por lo tanto, si renunciamos a anunciar el Evangelio a los judíos, lejos de respetar las promesas que Dios les hizo, lo que estamos haciendo es impidiéndoles recibir el cumplimiento de esas promesas en Cristo.

La Antigua Alianza no tiene sentido sin la Nueva y está llamada a recibirla como su plenitud, igual que el noviazgo no tiene sentido sin el matrimonio al que está ordenado. Renunciar a evangelizar al pueblo judío es como si un casado dijera a los novios que es mejor que no se casen, sino que permanezcan como están: uno estaría tentado de pensar que no aprecia mucho el matrimonio. Del mismo modo, un cristiano que no quiere evangelizar a los judíos produce de forma inevitable la impresión de que no considera que la fe en Cristo sea realmente valiosa. Es más, resulta muy difícil no deducir que ha renunciado al propio catolicismo, porque una parte esencial de la fe católica es el hecho de ser el cumplimiento de lo anunciado y prometido en el Antiguo Testamento.

El mismo Jesucristo predicó el Evangelio a los judíos. San Esteban, San Pedro, San Pablo y San Juan predicaron el Evangelio a los judíos. Y así hicieron tantos Padres Apostólicos, tantos Santos Padres y Doctores de la Iglesia. ¿Es que hacían algo malo o ingrato a Dios? Predicaban el Evangelio con claro intento de persuadir a sus oyentes, de modo que, con la gracia del Espíritu Santo, se convirtieran, y en muchos casos sufrían grandes penalidades por esa predicación: Cristo, Santiago y San Esteban murieron a manos de los judíos; San Pedro, San Juan y otros apóstoles fueron encarcelados y azotados por predicarles el cristianismo. Y siempre, durante veinte siglos, en la Iglesia se ha actuado así, produciendo admirables conversiones de judíos y de otras naciones en cumplimiento del mandato de nuestro Señor Jesucristo, siempre vigente y nunca revocado: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Es mandato y es profecía: Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría, y hasta los confines de la tierra. Por lo tanto, pretender que no se predique el Evangelio a los judíos va en contra del mandato de Cristo y equivale a resistir al Espíritu Santo.

No hay mejor época que la Semana Santa para recordar esto: si de verdad respetamos al pueblo judío y las promesas que Dios le hizo desde antiguo, no le privemos del cumplimiento de esas promesas en Jesucristo. Como ya San Pedro les dijo a los judíos en su predicación de Pentecostés, digámosles nosotros también: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

Evangelicemos también a los judíos. Es más, evangelicemos especialmente a los judíos, que llevan esperando milenios a que se cumplan las promesas de Dios y aún no han recibido la noticia de que —¡por fin, por fin!— esas promesas se han hecho realidad.

Blog. Espada de doble filo. InfoCatólica el 26.03.18 a las 3:43 PM

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