miércoles, 16 de febrero de 2011

LA SOCIABILIDAD

Autor: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net

La sociabilidad es la virtud que “que aprovecha y crea los causes adecuados para relacionarse con distintas personas y grupos, consiguiendo comunicarse con ellas a partir del interés y preocupación que muestran por lo que son , por lo que dicen, por lo que hacen, por lo que piensan y por lo que sienten”. (1)

El hombre es un ser sociable por naturaleza. Fue el mismo Dios quien, desde el inicio de la Creación, reflexionó y dijo: “No es bueno que el hombre esté sólo (Génesis). De ahí que haya una necesidad natural dentro de la persona humana de comunicarse y relacionarse con sus semejantes para lograr distintos fines, ya sea juntos o individuales.

La tendencia humana del hombre lo inclina a formar una familia, a educar a sus hijos y elevarlos, a tener amigos, a amar al prójimo, a sentirse amado por otras personas, etc. Y es evidente que la persona necesita de los demás para su propio proceso de mejora, y tiene el deber de ayudar a los demás a desarrollarse lo mejor posible. Ya Platón decía que la sociedad es el medio de vida “natural” del hombre, porque es evidente que el hombre no es autosuficiente y no puede producir por sí mismo todos los bienes materiales, (vivienda, alimento, vestido y que necesita del prójimo capacitado que se los provea), morales (adquisición de virtudes para las cuales necesita del prójimo que las enseñe), y espirituales, (educación y asistencia espiritual por medio de los sacerdotes que le administrarán los Sacramentos) que necesita para su pleno desarrollo. La misma tendencia a la sociabilidad será sostenida por Aristóteles quien expresaba también que la naturaleza humana es esencialmente social y que la sociedad bien organizada (o la polis), generadora del Bien Común, es la forma más perfecta de sociedad para lograr y facilitar una vida buena, digna y satisfactoria. Es responsabilidad del Estado generar las condiciones de vidas dignas y justas para que el hombre logre su perfección y viva una vida plenamente humana.

La persona humana, si no es por ayuda de otra persona, muere. De otro recibimos la vida, el amor, los afectos, la ternura, la comida, el aprendizaje, el habla. Lo que nos permite pensar, desarrollarnos y pensarnos a nosotros mismos, tomando conciencia de que existimos y conociendo el fin para el cual fuimos creados.

El ser humano necesita del otro para su propia mejora como individuo y su tendencia a la perfección, para desarrollar sus virtudes. Tenemos derecho a ser enseñados y a aprender, para poder desplegar nuestra persona y llegar a ser lo que en potencia somos, pero para eso necesitamos del prójimo. Tiene a su vez el deber de ayudar al prójimo a desarrollarse y a vivir con la mayor dignidad posible. Incluso la fe y los Sacramentos, se reciben del “otro”.

La sociabilidad no quiere decir compartir nuestra intimidad con los demás y no tener prácticamente ya vida privada (como sucede muy a menudo). Implica aprender a interesarse por los demás, a compartir con ellos para mejorar nosotros y ayudarlos en lo que podamos. Y esto a su vez debe ser gradual. Un niño primero, (hasta los 5 años), tendrá que aprender a afirmar su propio yo y recién ahí estará preparado a prestar lo que es suyo, lo que le pertenece. La revolución ha impuesto la moda y la obligatoriedad de forzar a los niños a “socializarse” en los jardines de infantes en una edad que es anormal, porque es prematura, porque quema las etapas naturales que hay que respetar.

Lo propio y lo natural para socializarse en la infancia es la familia, los hermanos, los primos y no los amiguitos impuestos por el Estado en los jardines de infantes, y seleccionados por edad. Mucho y bueno se aprendía al estar entre hermanos y primos de distintas edades, si bien siempre hay una tendencia a buscar con quienes compartir los mismos juegos e intereses. De ahí que educar en la sociabilidad implique hacerle notar ya desde la infancia que el niño no es el único ser en esta tierra ni que le pertenece en exclusivo. Que se tiene que relacionar con otros para hacer algunas actividades como alimentarse, dejarse bañar, vestirse y educar. Habrá que ir respetando los pasos que se darán gradualmente. Al principio jugará en el mismo lugar que los otros niños pero no jugará con ellos, y poco a poco se irá integrando al mundo del compartir con los demás sus actividades.

Un elemento fundamental en el mundo de la sociabilidad es el de la comunicación oral. Saber comunicarse con los demás es un arte que requiere ante todo respeto por el prójimo, por los temas que le pueden interesar y los que no. Para esto hay que saber preguntar y sobre todo, muy por encima de todo, saber escuchar.

Pero para esto habrá que interesarse por la persona que tengamos enfrente, por sus gustos, sus inquietudes, sus proyectos y sus sentimientos. El saber preguntar implica, además, escuchar la contestación y continuar la conversación con cierto interés. Si una persona ama la música clásica, la lastimaremos y la rechazaremos si comenzamos diciendo que a nosotros nos aburre a morir. Habremos cerrado el diálogo y la comunicación antes de empezar siquiera. Si estamos frente a un deportista, no lograremos iniciar una buena conversación si empezamos por preguntarle si ha leído a Santo Tomás de Aquino. Tal vez lo haya hecho, pero convengamos que no es lo habitual. Deberemos comenzar por preguntarle por los temas que él conoce, donde se destaca y se siente integrado.

Ser sociable significa generar un clima armonioso con el prójimo y esto jamás lo lograremos cuando monopolizamos la conversación e imponemos los temas durante horas, privando al resto de expresarse y obligándonos a que nos escuchen por educación. Uno de los problemas de los que carecen de esta virtud es que no saben callarse. Una persona educada, adornada por la virtud de la sociabilidad, respetuosa de los intereses ajenos y generosos de su tiempo y su persona, mortificará sus ansias de hablar y de explayarse y no monopolizará la palabra en una reunión, sino que se interesará por las inquietudes de los demás y tratará de generar temas interesantes y agradables para todos.

Los problemas más importantes referentes a la comunicación son: hablar demasiado o hablar mal por falta de vocabulario o reflexión. Hablar solamente de nuestros propios intereses sin tener jamás en cuenta los intereses del prójimo. No hablar nada por timidez o por soberbia. No saber preguntar para generar temas interesantes o no saber escuchar. El más grave de todos es el no saber escuchar, porque escuchar es lo que nos comunica con el alma del otro. Dos o más monólogos entrecruzados no lo logran.

La timidez de los niños y aún de los adultos es muchas veces un obstáculo que nos impide asumir nuestras obligaciones sociales y fomenta el individualismo. Este conflicto interno de la personalidad, (debido a veces a la inseguridad de una persona), es nocivo para el desarrollo de la persona humana, porque nos inclina a auto abastecernos y a no contar con el prójimo para nada o lo menos posible. La persona tímida se retrae, tiende a encerrarse sobre sí misma que es donde se siente más cómoda y menos exigida. No obstante tenemos que tratar de luchar en contra de la timidez para vencerla porque nos limita enormemente. La timidez o se vence o nos inhabilita en muchos aspectos de la vida. Es normal y muy común por otra parte el sentirse incómodo o cohibido ante una situación especial en donde somos expuestos a personas que no conocemos como: entrar en un comedor de un club buscando a un amigo en donde la mayoría de la gente que está comiendo nos es extraña. Hablar en público ante muchas personas cuando no estamos habituados, o levantar un teléfono para saludar a alguien que nos intimida. Anotarse en una facultad enorme en una gran ciudad, buscar trabajo en una empresa, rendir examen ante un tribunal de profesores, ponernos por primera vez al frente de un aula (si somos ayudantes). Son todas situaciones que nos presentarán su dificultad, pero ante las cuales deberemos trabajar para vencer. ¿Cómo se vencen? Como todas las virtudes que nos cuestan: esforzándose, empeñándose en hacerlo una y otra vez hasta que lo hagamos con naturalidad. No elegir siempre la opción más cómoda, para eso nos habrá servido el haber ejercitado el espíritu de sacrificio.

Las virtudes, como en el deporte, es cuestión de entrenamiento. Empezando por los ámbitos conocidos y familiares para pasar después, en un segundo paso a los ámbitos desconocidos y ajenos. Es un aspecto que la educación ha abandonado pero tanto la familia, el colegio como la parroquia son los primeros lugares donde debo paso a paso ensayarme en manifestarme para aprender a exponer mis ideas y defenderlas. Los padres deben luchar contra este problema tratando de fomentar desde la infancia la virtud de la sociabilidad, que implica las buenas relaciones de sus hijos dentro de la sociedad, para hacerlos crecer en un ámbito que les sea bueno y propicio. A su vez, el fomentar buenas amistades dentro del ambiente indicado desde la adolescencia les facilitará más tarde el conocer a sus probables y apropiados futuros cónyuges.

Lo opuesto a la sociabilidad es la persona insociable, huraña que se siente incómoda en la sociedad y por lo tanto se retrae y huye de la gente y de la vida social. Aunque no lo parezca, el hombre aislado, individualista, sufre, porque está haciendo una pulseada a su propia naturaleza sociable que necesita de los otros para lograr su pleno desarrollo, y la revolución anticristiana también lo sabe. De ahí que habremos luchar contra ellos.

(1) “La educación en las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág 395.





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