por Germán Zanghellini
Un tipo de personalidad muy frecuente de encontrar en la vida diaria es la llamada personalidad intrigante.
Caracteriza a estas personas un impulso incontrolable por meterse en la vida de los demás, hacer juicios apresurados acerca de lo que ven u oyen y transmitirlos imprudentemente al resto, en un afán de desprestigiar por desprestigiar.
No conocen la lealtad
En la base de estas personalidades, generalmente, hay una profunda frustración, no siempre claramente detectada.
Esta frustración, que tiñe el paisaje de su vida interior, los convierte en verdaderos sabuesos de personas que, por el contrario, exhiben éxito en sus proyectos de visa. Sus logros personales resultan una verdadera bofetada en el contexto de sus vidas opacas, teñidas de gris.
Empequeñecidos por la angustia que le produce el éxito ajeno, buscan destruir de cualquier modo eso que se les antoja insoportable.
La intriga es un recurso fácil y barato, de eficiencia segura. Sus efectos son prácticamente imposibles de neutralizar.
El intrigante sabe que la probabilidad de que su ardid alcance el blanco es elevada. El intuye que en el fondo todos tenemos algo de inseguros. Y con eso basta para producir el daño buscado.
Siempre hay alguien que se engancha con el cuento. El es un ser que apenas puede con una rabia contenida. Como no es feliz no acepta que otros lo sean, ni lo parezcan.
La mediocridad, generalmente, es compañera habitual del enredo. Pero no siempre el intrigante resulta ser, necesariamente, mediocre. Los puede haber brillantes, pero torpemente enredados en sus mezquinos celos.
No pocas veces se envuelve de un aura moralizante, según el ambiente que lo rodea. Su intriga adopta el aire escandalizado e hipócrita de quien defiende sólidos valores.
Principios que no vacila en pisotear si es que ya no los venia pisoteando.
El arma más conocida de estas personas es el pelambre. Este puede adoptar distintas modalidades. Desde la descalificación abierta y descarada, hasta el comentario pequeño y disimulado. Este último acompañado a veces de pretendidas buenas intenciones, aunque hablar a sus espaldas no puede nunca constituir un bien para nadie.
La prueba de esto es que el intrigante nunca reconoce su acción. Por el contrario, siempre la niega vehementemente. En su fuero interno sabe que esta procediendo mal, que esta provocando daño.
No hay disculpa para armar embrollos.
No tenemos por qué meternos a intrusear en la vida privada de nadie. Pero, eso el intrigante no puede entenderlo. Su afán de hacerlo, la envidia es más fuerte que la decencia, que la prudencia y el respeto ajenos. Lo hace simplemente por que no lo puede evitar. Y en eso deslinda con lo patológico, con la enfermedad mental.
Germán Zanghellini
Médico siquiatra

No podía ser un texto mas inteligente, simplemente el doctor Zanghellini. Me siento una privilegiada en saber de el.
ResponderEliminarbendiciones
Tan sencillo,más no simple!Esclarecedor...Gracias!
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