
Siete años han transcurrido ya desde que Benedicto XVI ocupase la silla de Pedro; y el aniversario nos sirve de excusa para destacar aquí lo que a todas luces constituye el signo más distintivo y esperanzador de su papado, que no es otro sino la restauración doctrinal de la Iglesia, malherida tras las inercias, malos usos y flagrantes abusos acaecidos en época postconciliar.
















