Unos meses atrás una amiga que profesa un ateísmo más bien emocional, no teórico, me preguntó con cierta ansiedad y desespero: “¿Qué se siente creer? ¿Qué se siente tener fe? ¡Es que yo ni me lo imagino!
No pude contestarle la pregunta en aquel momento porque la fe es para mí algo tan vital como respirar y aunque yo sí me puedo imaginar a mí mismo sin fe, las consecuencias negras que esto me traerían en todos los ámbitos de mi ser son suficientes para que no pasen de la imaginación como un juego.
Pero esto no contesta la pregunta. ¿Qué yo siento al creer, a tener fe? Es como respirar, sí, algo que yo ejercito todo el tiempo, aun el sueño. Recientemente di con la respuesta: vivir en estado de fe en Dios es igualito a vivir enamorado. Porque creer en Dios es amarle, no simplemente asentir a una serie de fórmulas o argumentos. Creer en Él es amarle, no hay otra salida.
Vivo enamorado de Dios y como enamorado, espero en Él. Lo ansío y le doy la bienvenida en mi corazón cuando entra en este por la Eucaristía, por las visitaciones de su gracia. Le doy la bienvenida, le digo que le amo y Él me dice lo mismo.
Camino en una nube, cantando, alegre en muchos momentos pero siempre tranquilo y hasta sereno, sabiendo que todo lo que me suceda en el día es un regalo de mi Amor, aun las cosas menos buenas. Porque yo sé que las cosas menos buenas que me sucedan servirán para mi perfección en este mundo y mi salvación en el siguiente.
Estar enamorado es, como dice San Agustín, tener el corazón de uno “inscrito” en el del Otro. Y cuando Dios inscribe el suyo en el mío, me siento como San Juan Bautista: disminuyendo en la medida que el Otro crece.
Eso es lo que se siente, como un bombazo de Amor. No hay otra manera de describir lo que yo siento al tener fe.
Posted: 01 Jul 2011 10:40 AM PDT
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